Desde la Voz Conurbalia, "Límites del lenguaje y de la escritura", por Francisco San Martín





En el texto que forma parte del libro Vértigo, All’estero, a medida que el narrador o el autor recuerda no lo hace solo a través de un medio, a través de la palabra, sino también a través de imágenes documentales, no sólo utiliza una lengua, constatando así una proliferación de sentidos. En la carta de Lord Chandos, Hofmannsthal confiesa una renuncia a la escritura, a los idiomas, a las musas inspiradoras, ya que no hay posibilidad de juego con los conceptos para alcanzar un orden divino, ya no es posible hacer literatura porque su identidad está dispersa entre todos los objetos visibles. En la Carta al padre ocurre algo similar, Kafka le reclama al padre una linealidad entre las órdenes que él emite y sus acciones. La falta de un código preciso imposibilita, inmoviliza cualquier decisión que Kafka pretenda llevar a cabo en la realidad. Kafka declara: “como no estaba seguro de nada, necesitaba a cada momento una confirmación de mi existencia.” (2000: 35).
En estos tres autores la pluralidad de voces se manifiesta de manera melancólica. El conocimiento de la lengua ya no es controlado por el poeta. En una conferencia Hofmannsthal declara: “la esencia de nuestra época es la ambigüedad y la indeterminación. […]Vibra en ello un cierto vértigo crónico.” (Hofmannsthal, 2001: 74). Ahora, el poeta, dice Lord Chandos, ya no se inspira con una musa o ya no es capaz de seguir a Platón en su vuelo figurado, ahora “un rastrillo abandonado en el campo, un perro al sol, un cementerio pobre, un tullido, una pequeña granja, todo esto puede llegar a convertirse en el recipiente de mí revelación” (Hofmannsthal, 2008: 129). El documentalista Sebald detiene su ojo, también en cualquier objeto, en construcciones derruidas, en pinturas de figuras legendarias como los dragones. Son estos objetos también los que inducen a la inquietud en interna, a movilizarse hacia otro lugar, a la imposibilidad de consolidar un sentido en la comprensión. En una entrevista, Sebald declara que “hablar de exilio es absurdo. Europa no es tan grande ni tan lejana”. Sin embargo, el sentirse europeo en Vértigo todavía no es posible, el vacío y el terror cercan la identidad. “Los contornos de las imágenes que intentaba retener se desplazaban, y los pensamientos se me desintegraban aun antes de que los hubiera asido bien.”(Sebald, 2001: 33). En su viaje por Europa y en su prosa subyace la sensación de abismo crónico que lo lleva a huir. Esta falta de comprensión conceptual paraliza a Ernst Herbeck, que padece trastornos mentales debido a la manera de pensar del padre. También es el caso de Kafka, que padece las leyes despóticas del padre, las cuales “no sabía por qué no podía adaptarme por entero”. Esta de falta de código, que hace que Kafka no pueda desenvolverse en la realidad, provoca una parálisis, “una manera entrecortada, tartamudeante de hablar en tu presencia.” (Kafka, 2000: 12), “en tu presencia no podía pensar ni hablar” (Id.). La dominación, a partir de la confusión entre el decir y el hacer, lo mantiene en silencio y sin posibilidad de evadir esta esfera bajo la cual el padre lo mantiene. El significado ya no coincide con el significante, ya no hay posibilidad de elaboración racional, “El continuo espacio-temporal del ‘realismo empírico’ es objeto de constantes lesiones en Kafka, como la perspectiva en la pintura contemporánea” (Adorno, 1970: 158). El presente ya no coincide con el recuerdo, por eso el viaje por las ruinas y fantasmas del pasado afectan el ánimo del narrador de All Stero. Hofmannsthal declara que el hombre de su tiempo “ahuyenta del recuerdo, mediante una suave y persistente aversión, los pensamientos que tienden a retroceder al pasado”. Ochenta años después, Sebald en su viaje experimenta la misma sensación. El pasado en ruinas lo lleva a huir, a deambular por calles en donde la comunicación es nula, en donde la desconfiguración del yo lo aterra. La unidad conceptual se hace más difícil, se acentúa la dispersión de la identidad individual, se acerca a lo esquizofrénico: “Después de arrebatos de este tipo comenzó a aflorar en mí una preocupación difusa que se expresaba en una sensación de nausea y de mareo”. Este ataque de hipocondría, esta sensación de enfermedad que también siente Kafka por la falta de seguridad en sí mismo, en su propio cuerpo, la declara en su Carta al padre: “crecí estirándome hacia lo alto, pero no sabía qué hacer con ello, […] apenas me atrevía a moverme o a realizar ejercicios físicos, […] quedé débil […] y así quedó libre el camino hacia la hipocondría” (Kafka, 2000: 35).
Los hombres tienen la urgencia de una realidad que los ate al mundo, todo pensamiento que lo acerca a cuestiones abstractas está relacionado con el vacío en el cual no es preferible permanecer. Aquí, este autor nos deja ver la urgencia espiritual cuando la realidad se hace borrosa. De igual modo se siente Lord Chandos: “Mi caso, en pocas palabras, es éste: he perdido del todo la facultad de pensar o de hablar coherentemente de cualquier cosa” (Hofmannsthal, 2008: 126). Más tarde, el autor confiesa que la mecánica “cultivada sin limitaciones y unida a la asimilación de lo exorbitante […] expropia al hombre de su auténtico punto vital, le expulsa del trono de su dominio espiritual”. (Hofmannsthal, 2001: 98). Por este motivo, Lord Chandos no puede sentarse a jugar con los conceptos y tratar de erigir una torre conceptual. La desconcentración provocada por la fragmentación a la que asiste el mundo en su tiempo comienza a brindarle vida a los objetos. “La subjetividad absoluta carece de sujeto. La mismidad no vive sino en la exteriorización”. (Adorno, 1970: 159). Aun cuando los ojos se cierren el mar seguirá resonando en la oscuridad, el lenguaje perdurará al paso del hombre. Después de muerto el autor sigue haciendo poesía, “nombre, manifiesto en la muerte natural, sólo el nombre, y no el alma viva, constituye la parte inmortal.”(Adorno, 1970: 173).
La melancolía en estos autores es por un pasado que ya no está o no coincide con el presente, pero no es sufrimiento por la elaboración de un sistema conceptual que alcance una verdad suprema, directamente renuncian a ello. Las viejas sentencias que les otorgo la historia, ya en ruinas, dejan al hombre sin un sentido que los ampare, sin una esperanza que los lance al camino, sin un código que les permita desenvolverse en el presente. Eliminar estos padecimientos de un lenguaje limitado parece ser el deber de estos autores. Sebald genera un texto donde conviven diversos medios. Utiliza imágenes que a veces no coinciden con el texto, intercala el uso de los idiomas, analiza ruinas arquitectónicas, pinturas en las que aparecen figuras legendarias, periódicos en los que constata crímenes que con el tiempo no encuentran culpables. También, la utilización de perífrasis constata la pluralidad de voces en la elaboración de su prosa. Así sucede en Homannsthal, de un simple objeto se puede ir hacia otro, sin capacidad de establecer una forma. En la contemplación de la fragmentación, de una vida que ya no es posiblemente comprendida en su totalidad, en una sociedad donde el significante está vacío y con el que ya no hay posibilidades de jugar con él porque su vuelo figurativo genera horror. Ya en un simple objeto hay más que un vocabulario y del que tal vez se pueda partir hacia un camino psicológico para unir todo ello a través del análisis lingüístico de Freud.

En estos autores el pasado se mezcla con el presente y la sensación de incomprensión, como le sucede a Kafka, lo paraliza ante la realidad. Este factor moral o de comportamiento que despierta en los personajes hacia su pasado parece desconfigurar el aspecto aparencial de la realidad, aunque a veces Salvatore en la ópera sienta que el tiempo no ha transcurrido, “como si toda la sociedad continuase aún sentada en la ópera de El Cairo para conmemorar el progreso incontenible” (Sebald, 2001: 107). La fachada comienza a resquebrajarse y el ambiente por el que transita empieza a iluminar las ruinas del pasado, logrando un efecto de melancolía, de la cual los personajes autores prefieren huir o prefieren evitar.



Desde la Voz Conurbalia, "Dispositivo de persona en el tocador", por René Roche



La cuestión es hacia dónde puede conducirnos una interrogación que no siguiera el camino de la razón, sino que más bien, con o sin intensión, el sujeto se constituya en un sin límites para representarse como persona, un sujeto que encuentra la mesura en lo desmesurado. No habrá una respuesta a esto, por supuesto, pero es lo que se desprende de una lectura meditada, no lo suficiente, de tres textos: El dispositivo de la persona, de Roberto Espósito, El árbol del crimen/Sade I, de Roland Barthes y como articulación de ambos La filosofía en el tocador, del propio Marqués de Sade. En esta trinidad textual se observa que, a partir de tener en cuenta la sensibilidad inherente al cuerpo, se desprende un recorrido que va de la noción de persona, cómo se constituyó en el pensamiento, en la religión y en el derecho, y que atraviesa, en el mundo sadiano, libertino, cerrado, con  límites, con una lógica diferencial que se instaura en los deseos infinitos del cuerpo, un orden, para liberal la lujuria. Más allá del límite de este mundo, queda la virtud, la razón y la voluntad que la teología y el derecho creen necesario para que el cuerpo no se enferme (Espósito, 2011: 18). Barthes, por su parte, deconstruye la representación pictórica del Marqués de Sade sobre el crimen: el lugar en el que es posible dar rienda suelta a los deseos que la naturaleza le otorgó a su cuerpo. En el mundo sadiano lo que prevalece es la lujuria y no el desenfreno: un rito que tiene pasos, reglas, un orden, una iniciación que tiene que superar el cuerpo. El dinero, la vestimenta, la alimentación, son fundamentales en el encierro sadiano. Buscó crear una política del cuerpo. Todo debe, en ese mundo de Sade, estar preparado para disfrutar de los innumerables placeres que se socavan debajo de la naturaleza del cuerpo. Por otra parte, realiza una defensa del escritor, que por exponer lo imaginario fue acosado de psicópata y encerrado. La misma desmesura de la obra sadiana, no estaba bajo los márgenes de lo permitido. Personas así, para la sociedad, deben ser encerradas y estudiadas, como si fuese el monstruo foucaultiano. Sin embargo, a pesar del crimen y de la excitación, del placer y del asco, desde aquel sin límites se pueden prever verdades ocultas del hombre occidental.
En el tercer diálogo de la obra de Sade observamos cómo dos libertinos instruyen a una jovencita, Eugenia, en las prácticas sexuales, de las que se desprende todo un árbol filosófico en torno al crimen, o a lo que comúnmente, se llama crimen. Para poner en discusión la problemática ligada a la secuencia de sexualidad, cuerpo y biopolítica (nuestro análisis rondará esta secuencia) tomemos un fragmento:
La extravagancia del sistema deificante ha sido la fuente de todos esos errores groseros. Los imbéciles que creían en Dios estaban convencidos de que solo a Él le debemos la existencia y que tan pronto como un embrión maduraba, una pequeña alma, emanada de Dios, lo animaba; esos imbéciles debieron seguramente considerar como un crimen capital la destrucción de esa pequeña criatura, puesto que según ellos no pertenecía a los hombres sino a  Dios; pertenecía a Dios; se podía disponer de eso sin crimen.(…) Ampliando la medida de nuestros derechos, hemos reconocido, en fin, que éramos perfectamente libres de disponer de lo que habíamos producido a nuestro pesar o por accidente, y que era imposible exigir a un individuo cualquiera que fuese padre o madre si no lo deseaba así; que una criatura de más o de menos sobre la tierra no era una consecuencia importante, y que somos los amos de ese pedazo de carne, por animado que estuviese, así como lo somos de las uñas que nos cortamos, de las excrecencias de carne que extirpamos de nuestros cuerpos” (2010: 83)
Somos dueños de nuestro cuerpo. Así también lo veían Mill y Locke, el hombre puede hacer lo que quiere con su cuerpo (Espósito, 2011: 76). Jacques Maritain, también define a la persona como un “absoluto señor de sí mismo y de sus actos sólo si ejerce un pleno dominio de su ingente parte animal” (2011: 18). La persona, entonces, puede entregarse a sus deseos pero también puede controlarlos para seguir el camino de la virtud, de lo correcto, de lo que me hace persona. Este autor italiano realiza una distinción al interior de la noción de persona: entre “persona artificial” y “persona natural” (2011: 27). La primera, es aquella que se conduce a través de palabras ajenas. Aquí podríamos pensar en Eugenia, que inducida por las palabras de Dolmancé y Madame Saint-Ange acepta todo lo que debe ser para dejar de ser esa persona inocente, que se atenía a falsos principios: “Cómo me persuades, ángel mío, ¡vences mis prejuicios! ¡Destruyes todos los falsos principios que me inculcó mi madre!” (Sade, 2010: 56). Estas personas tratan de representar acciones y palabras de otros sujetos, siempre es calificado como una persona que no se halla en el cuerpo en el que se inserta. Para Barthes, este tipo de persona es la que intenta alcanzar la figura retratada por el libertino (1966: 90). Ese retrato nuevo, hecho de palabras y acciones, tiene que ser representado por alguien, hay un vacío en el retrato narrado que debe ser representado por la víctima (como en este caso lo es Eugenia). Espósito, a su vez, dice de los personajes de Kafka que son sujetos imprecisos, como el personaje de Carta al padre, en el cual el hijo se enmudece y no sabe cómo direccionarse sobre la realidad. Su padre pregona un discurso y se mueve por otro, discurso que no coincide con sus actos. Entonces, el personaje hijo no sabe cómo moverse, los límites le restringen el camino que quiera seguir, quedando un cuerpo fuera de la definición de persona. Igual sucede cuando el discurso del soberano no coincide con los valores éticos que pregona para sus seguidores.  
La segunda, la persona natural, aquella que tiene el poder de la palabra, es autónoma. La utiliza para nombrar y para nombrarse: es creador de conocimiento. Es el que imparte el orden en el encierro del libertinaje (“Pongamos por favor un poco de orden, en estas orgías es necesario aun en medio del delirio y de la infamia”, 2010: 72), es el que filosofa sobre la cotidianidad inactiva a la que someten el cuerpo la mayoría de los hombres. Sólo al interior de esta sociedad su palabra tiene poder: allí donde se podrá desatar la lujuria. La persona natural en Sade es la que tiene el dinero, la que está habilitada para gozar del placer, la que tiene el poder de gozarlo todo, a costa de un pacto de silencio. “Yo era rica”, dice, Madame de Saint-Ange, “pagaba jóvenes que me fornicaran sin conocerme; me rodeé de sirvientes encantadores, seguros de gustar los más dulces placeres conmigo si eran discretos, seguros de ser expulsados al día siguiente si decían una palabra” (Sade, 2010: 58).
De esta manera lo observa Espósito en el derecho romano, que quiere borrar del hombre, aquello que el cristianismo ve como la parte “enferma” de la persona: el cuerpo, el sexo, la desmesura sadiana. Con esta consideración, entonces, se establece una escala que va de la persona a la no-persona. Pero allí también se observa otro orden también racional, ritual, para que el cuerpo se entregue al deseo voluptuoso. El núcleo animal de la persona debe ser escondido, es la parte que se cubre con la vestimenta, con la virtud, con la razón, la parte en la que el hombre se esfuerza a salir para seguir por el camino de la razón. Por eso en el mundo sadiano el silencio es lo que tiene que prevalecer. El mundo exterior, se sostiene de criterios que privan al hombre de su propia omnipotencia, debe atenerse “sólo a la dimensión mental y, por lo tanto, no coincidente con el elemento biológico que lo sustenta” (Espósito, 2011: 24). Sólo Dios es omnipotente, pero sin embargo, se mantiene inactivo, no puede aplicar la fuerza de su naturaleza para terminar con el mal sobre la tierra (Sade, 2010: 35).
En el mundo sadiano no es un crimen cometer incesto, no tener placer por matar a su madre; en el interior de esta sociedad, la imaginación se pone en movimiento para alimentar la excitación, insultar a Dios puede ser excitante. Faltar a las leyes para no someterse a los mandatos absurdos del tirano es lo que debe inculcar el libertino en la víctima. Sólo de este modo uno puede alcanzar notoriedad en la sociedad libertina, considerarse persona como tal, adquirir, como diría Espósito, el poder del soberano, el poder de persuadir para someter y para que la “victima” pueda sostenerse por ese momento como tal, como un correcto aprendiz del libertinaje.
Una escena teatral, cerrada, intenta mitificarse como el paraíso de la lujuria -pero también como el lugar donde el lector recibe una lección de filosofía (Barthes, 1966: 92)-. Allí prevalece lo jerárquico, donde hay un activo y un pasivo, un amo y una víctima, un sometido a la palabra del soberano. Siempre cumpliendo un rol fijo: el de libertino o el de víctima. La aprendiz, Eugenia, durante la novela siempre cumple con ese carácter, los libertinos siempre mantienen su rol: Dolmancé, el Caballero y Madame de Saint-Ange. En el mundo sadiano no hay movilidad de clases, se es rico o se es pobre, un ser olvidado pero completamente entregado al deseo. Una sociedad estancada en sus formas, sea en la libertina o en esa sociedad romana de la que habla Espósito. Una sociedad en la que, a partir del dispositivo de persona, se divide al género humano en categorías diferenciadas y rígidamente subordinadas. (En dicho texto, este autor tomó de Simone Weil la analogía entre Roma y la Alemania nazi, por su característica similar en el uso del dispositivo).
La sociedad sadiana discute con aquello que se quería simbolizar para controlar lo cotidiano, las sensaciones del cuerpo, que están “enfermas” para San Agustín y que por eso es necesario erradicarlas. Coincide con el concepto de soberanía clásica del que habla Espósito, la soberanía que tiene “el poder de hacer la ley” (2011: 83). Para seguir el “hilo conductor del cuerpo” –tarea que se propuso Nietzsche- hay que soportar el dolor, así como lo comentan los libertinos: soportando aquello que resulta desmesurado. En la despersonalización es que los libertinos llegan a conjugarse como personas, allí donde la presentación no tiene sentido, para el derecho romano, lo tiene para Sade, esa parte animal, despreciada por católicos o pensadores antiguos (Espósito, 2011: 66) es el lugar en el que el libertino, obligado a representarse diariamente, proyecta nuevos retratos vacíos y en los cuales se reflejan sus víctimas para intentar ser personas pero no para confirmarse como tal (Barthes, 1966: 90).  Entonces, en la desterritorialización, en ese más allá del límite de la ley es que surge el mundo de los libertinos. Es allí que surge este discurso que pretende contemplar todos los excesos, pero no para causar un efecto, sino para no dejar nada fuera del lenguaje, “concebir lo inconcebible” (1966: 108). De este modo se establece el diálogo entre discursos que no pretenden contar anécdotas, sino representar una manera de cuestionar o de sostener el pacto fundante de una sociedad, pero siempre bajo el dispositivo de persona. En la ciudad sadiana también existe una escala de personalidades: allí los límites contraen también una biología particular: “1) los grandes libertinos; 2) los ayudantes mayores, que forman algo así como la burocracia del libertinaje;3) luego vienen los asistentes; son especies de gobernantes o amas de llaves (…) 4) las víctimas (Eugenia); 5) la última clase es la compuesta por las esposas” (Barthes, 1966: 93). O también representarse como metáfora de ese mundo que se aborrece, tan opuesto como idéntico. El cuestionamiento filosófico que se desprende de su obra es para orientar estas escenas reglamentadas de los libertinos. Para darle un conocimiento al núcleo animal de la persona que se establezca como verdad. Por eso la obra de Sade busca cuestionar la percepción que el hombre tiene de la vida cotidiana y en base a eso conforma, también, una totalidad jerarquizada.
Igual que el soberano romano, el libertino disfruta de lo que otros no tienen. El dinero es clave para la organización de esta sociedad, por eso no hay lamentaciones por las grandes tragedias humanas, sino que por el contrario, creen que es necesario que haya ricos para haya pobres, de ningún modo piensan en alterar el modo en el que la sociedad concibe a éstas dos grandes discursos: el libertino y el racional. Por debajo de eso, se encuentra el mundo terrenal, en el que se dirime el espectro de la persona.
Otra analogía entre el soberano y el libertino es que ambos disfrutan de placeres que otros tenían prohibido, no están permitidos por su estatuto de persona. En el antiguo Egipto, por ejemplo, los esclavos no podían disfrutar de una libertad sexual como la que practicaban los faraones. En este aspecto, no se podían mezclar los linajes, había que cuidar la herencia del reinado. En los imperios europeos, por lo que se puede comprender, las grandes familias se constituían en torno a un secreto. La teoría psicoanalítica de Freud se formó a partir de un estudio sobre el comportamiento de las grandes familias del Imperio Austrohúngaro. Conceptos como el complejo de Edipo, tanto en la mujer como en el hombre: “Si tu padre es un libertino, te desea, enhorabuena: que te goce, pero sin encadenarte; rompe el yugo si quiere esclavizarte.” (Sade, 2010: 48). El discurso normalizador del psicoanálisis ya era representado en Sade.
 También la vestimenta tiene una gran connotación en ambos mundos. La vestimenta en el mundo occidental sirve para tratar adquirir la característica de persona plenamente humana, la que llevo puesto es lo que da la impresión de racional, moral, espiritual. La ropa nos define como persona. En cambio en Sade, la vestimenta no es de gran importancia, “el amor se realiza en la desnudez”. Además dicha vestimenta debe ser quitada rápidamente para conducirse hacia la lujuria. Siempre, los elementos están predispuestos para cumplir un rol teatral, para que cada personaje represente de manera acorde a una escena reglamentada. Una vestimenta para un determinado momento, acorde al contexto, acorde a la persona que el cuerpo intente representar.

Entre la soberanía clásica y la sociedad libertina queda un espectro diseminado del dispositivo de persona. Internet, por ejemplo, arma sus defensas, en base a los caminos que seguiste en la web y los caminos que otros tomaron por donde fuiste vos y por donde otros  siguieron. Hoy ya no hay un significado que defina al ser, al sujeto, pero se lo busca controlar. Apropiarse del gusto para impactar sobre el consumidor. Hoy día, dice Espósito, “el poder de hacer la ley, la actual, de tipo biopolítico, parece encontrar su propia especificidad exactamente en lo contrario: en desactivarla, transformando sin cesar la excepción en la regla y la norma en la excepción, de manera no diferente de como ocurría en el antiguo dispositivo romano” (2011: 83) Es decir, sumar al espectro del dispositivo de persona aquel sujeto que aparece fuera de la norma. Hoy el capitalismo se apropió del sexo y la imagen pública de la familia fue destronada, entonces, delimitar hoy en día en qué radica el concepto de persona en el mundo exterior puede ser diverso, heterogéneo, pero podemos decir que el dispositivo de persona, que funciona en el interior del ser, en esa capacidad de poder reflejar lo que se es y no estar intentando siempre lograr llegar al sentido del ser, de una forma predeterminada, dictaminada por otros, sometido a otro sujeto o a otro símbolo. Pero está en el sujeto esa intensión de querer reflejarse en otro, de querer lograr un yo a partir de una presentación cargada de infinitos sentidos, que como en Sade causan miedo, horror y excitación, y que logran una representación total cuando logran colocarse en un signo vacío, hasta en tanto y en cuanto uno desee activarlo, ponerlo en movimiento. El sometido o la víctima tienen el mismo objetivo: alcanzar ser persona. Seguir la voz del soberano o la voz del libertino. La dominación de la persona se yuxtapone como una muralla en el interior de las personas. El sometido o la victima avanza con el discurso que dicta el libertino, sometido a las palabras que este enuncie, a las acciones, a tratar de alcanzar ser como tal. En nuestro mundo globalizado la imposición a ser persona puede tener varios caminos. Pero como decíamos antes, siempre es posible que nos quieran vender la identidad, siempre es posible que estemos ahí para movilizar toda la estructura, como la mueve el monstruo cada vez que se lo califica como tal. Todo el aparato regulador y disciplinario tratando de regular los discursos, las confesiones que provienen del cuerpo. Que se haya identificado al sujeto autor con un libertino, es porque se consideró a la palabra como todo un acto significativo. “Comenzamos a saber que las transgresiones del lenguaje poseen un poder ofensivo al menos tan fuerte como el de las transgresiones morales”. (Barthes, 1966: 104). 

"El beso de la mujer araña: brillito de grillos y alienación", en La Voz Conurbalia

 El beso de la mujer araña 


El living-room de la celda

Umberco eco resalta que el kitsch en la literatura tiene por fin crear una atmósfera lírica y la noción de afecto se expone hasta empalagar. Hay una insistencia en excluir las palabras simples, siempre está lo accesorio, el adorno. La repetición, la acumulación: un estímulo ayuda a otro a perdurar lo efímero: el mensaje redundante no podrá evitar que el texto se extinga. Si pensamos que el kitsch es una forma estética que busca regular el arte y el gusto a partir del arte consagrado, ya legitimado, podemos pensar en la tecnologías de disciplinamiento: un conocimiento predispuesto a regular el cuerpo: los sentimientos, los impulsos, los deseos, los sueños, etc. Eco afirma que el consumo del Kitsch es un intento de “fuga de la responsabilidad que la experiencia del arte impone”. No dejar lugar para la interpretación: todo es explicado: “el kitsch para alejar a las masas de la salvación” (1993: 89). Así lo representa Manuel Puig en su novela El beso de la mujer araña, acudiendo al lenguaje de masas, al de la telenovela o al del folletín para crear el disciplinamiento que moldea a sus personajes. Utiliza el lenguaje kitsch para refuncionalizarlo y burlarse de lo serio. Un lenguaje que juega entre el género institucionalizado y la novela popular.
Molina: Ah, sí, le hace un peinado…
Valentín: Alto, ya sé, ¡¿y a mí qué?!, no me detalles cosas que no tienen importancia realmente, mascarón pintarrajeado, una trompada seca, de vidrio es el mascarón, se astilla, el puño no se lastima, el puño es de hombre
Molina: la sonámbula es una traidora y la enfermera blanca, en la oscuridad las mira fijo el enfermo contagioso ¡Cómo que no! Vos cállate y déjame a mí que sé lo que te digo.(…) (2005: 147)
La novela de Puig se escinde entre, por un lado, el sentimentalismo de Molina, ese lenguaje desprovisto de límites, atiborrado de especificaciones, detalles que abultan las imágenes que toma de las películas, y por otro, Valentín, en el lugar de lo serio, de lo legitimado, un lenguaje controlado por el discurso político, por la problemática social.
El beso de la mujer araña se ubica más allá del género convencional de la literatura amorosa, hace pie en una no-literatura. El sujeto queda escindido en dos cuerpos, en un espejo que refleja dos órdenes, dos percepciones: la sensibilidad de Molina y la seriedad de Valentín, escisión que se desvanece cuando uno empieza a reconocerse en el otro.
 Sin embargo, en la puja por uno u otro lenguaje, triunfa Molina: prevalece el amor, a pesar del dictamen institucional, del discurso exterior, de la ideología que prevalece sobre las identidades. Así, se puede observar como El beso de la mujer araña se contrapone a aquellas novelas sentimentales en las que no hay un afuera, un exterior real, en las que solo existe el discurso del amor y el sentimentalismo. En Puig, en cambio, ingresa por la ranura de la celda lo determinado por la institución psiquiátrica y en una nota al pie coloca el desenlace para ser nombrado como homosexual. Esos discursos en las notas al pie presentan un doble sentido, pero no como un mero efecto, sino que provoca la sensación de estar leyendo otra cosa.
El relato fílmico de Molina viene cargado de la impresión de lo visible. Las imágenes vienen erotizadas, cargadas de detalles, que molestan a Valentín y que le parecen inapropiadas. Una suerte de mal gusto es lo que ve en su enunciado. Sin embargo, a medida que se acostumbra al lenguaje amoroso, las palabras empiezan a seducir a Valentín cuando Molina sublima lo representado. El efecto del relato viene provocado y comentado. La novela nos dice otra cosa que lo visiblemente representado, y queda en las manos del lector comprender ese procedimiento artístico: es el receptor el que elabora dicha reflexión.
Finalmente, observamos que no solo son un mero reflejo de la alienación, de las máquinas de sobrecodificación radiofónicas o cinematográficas, sino que más bien utilizan dicho lenguaje alienado para representar un conflicto mayor y que es el control biopolítico.
El cine funciona como ventana al mundo en el encierro carcelario. La libertad de expresar los sentimientos a partir de las imágenes que ofrece el cine es lo que permite vislumbrar, en el encierro, su interior. Sabemos de las pasiones de estos personajes porque el discurso totalizante y regulador queda fuera de la celda. Por un lado, un perseguido político; por otro, un homosexual acusado de abuso de menores. Un diálogo cruzado de pasiones, temores, dolores, de dos hombres envueltos por esa capa de sentido regulador, que no solo expresan los personajes, sino que también son expresadas, análogamente, por las notas al pie. Al expresar la simpatía de Molina por el bolero de Mario Clavel, Puig coloca en una nota al pie un informe, sintético, de las distintas posturas psicoanalíticas acerca de las probabilidades de orientarse hacia la homosexualidad. Fenichel, toma como causante de la homosexualidad la existencia de una figura materna más fuerte que la del padre. En cambio, si el niño “adopta la visión masculina del mundo, y en nuestra sociedad, la occidental, esa visión tiene un componente de agresividad (…) ayuda al niño a imponer su nueva presencia.” (Puig, 2005: 123). El discurso debe disciplinar a los encerrados, a los pervertidos o a los que se sublevan en contra del orden establecido. Valentín por su parte, mucho más consciente de los métodos de control, arguye a Molina su resistencia a los fármacos que puedan brindarle en enfermería: “Un preso político no debe caer en la enfermería nunca, me entendés, nunca. A vos no te pueden hacer nada con eso. Pero a nosotros sí, después nos interrogan y ya no tenemos resistencia a nada, nos hacen cantar lo que quieren” (Puig, 2005: 101). La ley obliga a aquella organización que pretende subvertir el orden a confesar su estrategia, que cuente lo que encubre a como dé lugar. Para lograr dicho fin, interroga, convence, da algo a cambio: el director de la prisión le pide a Molina información sobre Arregui, sobre la organización política de la que forma parte y a cambio le ofrece la libertad. La verdad, entendida como estructura, intenta determinar al hombre su existencia, su realidad. De este modo, la estructura somete a ambos personajes al dolor, al desgarramiento, a la separación del otro. Sin embargo, en el secreto de la celda, el sueño se sobrepone, el amor toma posición y evade todas las estructuras que vigilan y castigan la realidad. Como fin la pasión amorosa sucumbe el orden social y lo transforma.
Así también opera la literatura de Puig, que fue más allá y buscó su literatura en una no literatura. Para transformarla mezcló el diálogo íntimo, la carta, la canción, la interrogación, una suerte de ensayo sobre el comportamiento correcto de la sexualidad que se divide en notas y que amplíen el sentido que trae la escena que se construye en el diálogo, en el imaginario que traen las películas, el lenguaje de otros géneros, como el judicial, en este caso el penitenciario y por último el relato del espía; y entre todos esos discursos que flotan, todos esos lenguajes dispersos, los cuerpos empiezan a tocarse a sentirse, uno se trasmuta en otro y no hay lugar para todo aquello que los pretende someter.



BIBLIOGRAFÍA:
-Eco, Umberto (1964). “Estructura de mal gusto”. En: Apocalípticos e integrados, trad. Boglar, Andrés. Barcelona: Lumen, 1993, pp. 83-101.
-Foucault, Michel (1976). “Del poder de soberanía al poder sobre la vida”. En: Genealogía del racismo, trad. Tzveibel, Alfredo. La Plata: Ed. Altamira, pp. 171-189.
-Puig, Manuel (1976). El beso de la mujer araña. Buenos Aires: Editorial Planete/Booket, 2005.




Las luces de mi ciudad





















Las luces de mi ciudad no son como las de Tokio. Es una luz gris que insiste entre el color que le imprimen Punto Màgico, Carta Sur con sus pantallas led absorbentes, Pi!, que ofrece los mil diseños de zapatos industria argentina, que pujan por el progreso, la creación final se ofrece a los miles que vienen a hacer su paseo por la Estación Lanús. En Lanús todavía el consumo se dirige a la búsqueda del vestuario que nos termine de hacer creer que al final somos. Que nuestra moto es poderosa y también me completa, que conforme la imagen de lo distinto, de lo único. Pero claro, todavía no es de él, aun no llega a serlo totalmente, eso le pertenece a la siguiente generación.

En Lanús la cultura no se vende, en Lanús la cultura camina por la calle, la vibración micro de este país dividido entre bárbaros y civilizados. Una barbarie que igual puja por ser ella. Los carros con caballos avanzan por 29 de Septiembre y como equilibrista el cartonero prolijo apila una montaña de cartón, entre colectivos calurosos y largas colas de ansiosos hombres que esperan volver al barrio de Monte Chingolo después de este agitado 23 de diciembre. En este barrio viven los choferes que conducen la vida de los hombres de Figueroa Alcorta y Libertador, allá al otro lado de la ciudad, donde los museos resguardan la cultura. Aquí en Lanús la cultura no se consume, no se produce, no se crea, todavía el nervio no nos deja soñar. En Lanús todavía la realidad es más fuerte y pesada. Los centros de divulgación cultural son contados con los dedos. Las museos están lejos de aquí, las ferias de libros y toda la cultura se comercia en la ciudad. En la gran ciudad. Este es el gran buenos aires. Acá, pasadas las diez las calles se pelan, y no por el clima, la humedad que intensifica las sensaciones, sino la individualidad, la concentración en los desafíos, el miedo al otro. Prospera la creencia de si no te preocupás vos quién se va a ocupar, entonces, uno va ahí, mostrándose herido, chamuscado. Sin ver el cielo. Aquí viven los movilizados. Por eso todavía no se edita la cultura, no se presenta, no se sube a las tablas, como dicen los actores. Pero “La voz de Conurbalia” empieza agitarse entre los rollos que sobresalen de los tops, entre los cuerpos marcados por el clima, de ojos extraños, buscando por sobretodo la verdad, esquivando el engaño y al engañador. En este 23 de diciembre los hombres no salen disfrazados como en Tokio, ellos son el disfraz y preparan los regalos para esta navidad, y la industria textil y del calzado y del juguete que puja rabioso espera con los brazos abiertos a la llegada de estos que buscan congraciarse. 

Desde La voz Conurbalia - "Los negocios monopólicos", por Carlos Craso

¿Qué tanto dinero puede tener Uno para destinarlo a difundir los estados de ánimo de un país?, ¿qué determina que un suceso sea cubierto de forma insistente por el monopolio de la información? Ni siquiera la realidad estructural económica, ya que esta se la maneja, como en toda América Latina, para controlar las democracias. Posiblemente haya un Otro al que beneficie la lógica que difunden los medios de comunicación. Un Otro pequeño en número, pero grande en poder. Desde ya, ese poder en el que se bañan estos hombres en altas torres porteñas, con la ciudad a sus pies, no beneficia a los ciudadanos, sino que solo los comulga bajo una burbuja de significado, que intenta marcar el camino de las percepciones, de las desesperaciones por venir, con las cuales nos acecha el capitalismo. Pero siempre hay un amparo en este mundo, siempre hay posibilidad de darle amplitud a las voces perdidas (muchas veces menospreciadas por el mismo poder dominante que las banaliza). En ellas debemos confiar, hay que sujetarse para poder seguir caminando por el aire, creyendo que se puede hacer (lo). En todo caso queda en los ciudadanos, seguir amagando a la desgracia, seguir construyendo a partir del sacrificio y la bronca que esta vida genera, o construir sintiéndonos un poco menos miserables, aceptando lo que somos para aceptar que el otro es como nosotros. Serán lectores de los hechos o serán guiados por el que se molesta en encender a otros la lamparita, que bloquea el sueño con una oscuridad exterior.
El orden económico que impera en el mundo desde la caída del muro de Berlín sentó sus bases luego de la muerte de John F. Kennedy y tomó impulso con los mandatos de Richard Nixon. De Estados Unidos al mundo. Desde ese momento, la información se ocupó de propagar el miedo—aunque Karl Krauss crea que esto es así desde la Primera Guerra Mundial, primer incidente bélico que fomentó la prensa liberal—, la ilusión capitalista—aunque haya quienes piensen que va desde que uno intentó imponer su orden para homogeneizar el mundo—: la desesperación que obliga al hombre a buscar un sentido que lo ate al mundo para no caer en ese lugar de oscuridad y temblor con el que el periodismo nos reprime. Las variables económicas hoy rigen las ilusiones humanas, cuánto estas serán capaces de sostener su sueño, aunque la representación lingüística de un territorio sostenga otra realidad, otro es, y esos hombres piensen que todo su drama es una ilusión que proyectan ellos mismos e imposible de materializar.   
La necesidad de posesión hizo que el hombre proyecte su realidad: si todos partimos del mismo supuesto, el mismo destino será otorgado una y otra vez. No es mala la idea, pero cuando intenta el hombre dirigirse hacia una realidad prefabricada este siente como si nunca hubiese vivido, como si a lo largo del tiempo en su porfía hubiese intentado fabricar algo que lo cree posible porque se basa en los hechos anteriores: en definitiva, el hombre se predispone a repetir una naturaleza muerta. El período religioso y artístico denominado barroco sirvió, en parte, para que el hombre perciba que los días de la vida había que sostenerlos con metro para sentirse hecho y derecho. Luego los años intentaron hacernos ver que la verdad que surge de las tripas del ser era necesaria gritarlas y encontrar un atisbo de libertad.
Hoy, aquellos fundadores de las naciones, se cansaron de reprimir a sus esclavos, se cansaron de sostener una masa trabajadora, prefieren tener masas sumidas en la opresión, en donde el deseo no puede ser sentido siquiera en la imaginación: el temor al hambre y a la locura (a la exclusión) genera desconfianza en el Otro, lugar donde sólo proliferan problemas individuales. El pensamiento grupal o social está quebrado. Nos movemos en la realidad que proyecta la TV. Está en nosotros cómo responder la libertad otorgada, a esta búsqueda por desencadenar un efecto falto de imaginación.
Hoy, en la esfera del orden que perduró a la caída del muro,  los vencedores pueden generar ganancias a través del lenguaje: ganancias extraordinarias que sólo el sistema financiero puede ofrecer. Sin embargo, Estados Unidos observa, como un ojo invisible, los movimientos de la economía del mundo. La conspiración, el espionaje, la operación política, la estrategia semántica, todo eso aparece cuando hay conflictos económicos en las grandes ligas, cuando la tradición se ve comprometida a tener que repetir viejas recetas para devolver el ciclo a su lugar. Todo eso está volviendo. Su propia medicina se transformó en veneno y ahora necesita saber qué hace una nación para prosperar. Ante esa falta de identidad presente, siempre los mandatarios vuelven a la historia y aquí está la cuestión: si queremos volver a ella para que solamente se repita, o mejor buscar en el pasado una posta que nos permita seguir en un continuo y no en un eterno caer. La primera, es la opción que elige la conciencia que prefiere la tradición, y no ya en un tratar de ver qué sucede si enfrentamos a la conciencia establecida, tarea que aborda la segunda postura. La primera esfera pretende envolver al planeta con su aura: la oscuridad que hay en este modo de vida es el que fomentan los monopolios de información. Un sistema cerrado que se auto-regula por sí sólo, cerrado por una clave escondida en un bosque de símbolos.
Para la teoría monetarista, la inflación es síntoma de malestar social, por lo que la baja inflación descomprime el malestar, y separa a los hombres: ya no pertenecen a una clase, son seres individuales que se preocupan por lograr aquella ilusión que es posible de hacer realidad a través del dinero. Los períodos inflacionarios incrementan el consumo individual, pero siempre, en este contexto regional y latinoamericano, devienen de circunstancias calamitosas, donde el desempleo es alto y cuando empieza a la baja, allí surge el caballo de batalla de los monopolios concentrados, que se niegan a ampliar las bases productivas, ya que saben que un pueblo con derechos es un pueblo con poder. Siempre conveniente colocar dinero en cuestiones ilusorias. La inflación es el caballo de batalla de la tradición y así también se perfila a la democracia.
Una vez escuché que una vez que la necesidad material está cubierta, el hombre tendrá acceso a la divinidad. Pero el sistema capitalista no permite esto hasta en tanto pasen dos o tres generaciones de desarrollo personal para poder pasar a avocarse a la creatividad de nuestro oficio diario, nuestro oficio de vivir, para que el hombre pueda ponerle a sus días su espíritu, para que pueda encontrar el juego en su crear con el tiempo y en el espacio de su comunidad.
Este es el análisis de los muchachos de Chicago. Los trabajadores unidos reclamando mejoras salariales no son buenos para la industria nacional que ha sido el motor de la nación estadounidense. Ahora la ganancia no está en lo producido sino en la finanza y en oriente. En cambio, pocos trabajadores dejan los reclamos, los gritos del derecho en la nada. Las imposibilidades de uno quedan en la nada porque son privilegio de otro. Ante el dolor de sentirse desnudo el hombre busca algún salvavidas que lo rescate para volver al barco. Allí, de ese modo, la ciudad y el hombre comienzan a transformarse, ante la necesidad de salvación proliferan los caminos del hombre para que la ilusión externa del hombre sea visible. Sólo eso, eso es la ansiedad por el logro, la oscuridad, la viveza necesaria para acceder a bienes que otros al tenerlos eternamente ya los cree inexistentes. El mismo sistema lo obliga al hombre a pecar, el mismo sistema lo obliga al hombre a correrse del camino del Espíritu Santo. El camino al Espíritu Santo se encuentra señalizado con miles de indicadores. La información que de allí proviene nos dice que es el camino a la nada, un lugar sin una atmósfera de oxígeno, como en ese planeta Marte de Total Recall, mundo en el que la deformidad reina, con un exterior imposible de transitarlo por su falta de oxígeno, esa realidad de la cual es mejor escapar para sostenerse en aquello que les hace bien.       
La información se puso al servicio del funcionamiento económico. Si nosotros enunciamos esto, ocurre esto otro después y también en otro lado. Para eso un ejército de periodistas, blogueros, redacciones con lápices afilados para transmitir un mensaje virtual, para que se replique durante las 24 horas del día: la noticia que ocurrió hoy aparece en los diarios y se empieza a mezclar a medida que las voces vuelven al ruedo a las cinco de la mañana. Replicar el mensaje hasta que nosotros dejemos de ser los productores y le demos voz a los escucha, que ahora pasan a ser ellos los que viven la realidad: construida por el mensaje replicado. De esto necesita el peor capitalismo del planeta, que empezó en Chicago en 1970, con los petrodólares y la guerra –que continúa hasta hoy en medio oriente– y que perduró hasta la caída de Wall Street en el 2008 (aunque todavía se lo siente latir). Hasta que Wikileaks reveló las maniobras que hacen los grandes poderes con la información: la perversión de las instituciones permanecía oculta: la Ética fue arrojada en caída libre al óceano. Por tanto, si este capitalismo no tiene una voz opuesta, una voz humana que lo contrarreste será imposible para el hombre salir de la traba del Verbo en la que se encuentra. Si el hombre reclama solamente por lo material nunca podrá acceder al mundo divino, decía Hegel. Pero esa posibilidad de acceder a lo material se mantiene porque la posesión se desvanece como un sueño, ese objeto que deseamos obtener al poseerlo se desvanece. Debemos ser conscientes que lo obtenido con el tiempo no se desvanece, de lo contrario la desnudez nos hiere. La memoria es nuestro refugio de sobre lo vivido, lo interpretado.
La noticia, la realidad virtual efímera termina generando un impulso de salvación sobre nada. Incita a resguardarse bajo una trinchera segura hasta el olvido de la vida que construimos, la identidad sobre la que nos formamos, y para pensar en un futuro, nos ofrece una luz en el caos y no permite que nosotros encendamos el velador después de un sueño. La interpretación de los hechos no debe estar teñida de desconfianza, de valoraciones morales inaplicables a la realidad de la época, de valoraciones sociales de un modelo de país que ha coartado a la vida del hombre la posibilidad de establecer un pensamiento tanto individual como grupal.
“El interés tiene conciencia”, decía Robert Hooke cuando pensaba que Newton le había robado las ideas. A los dueños del periodismo se les puede decir lo mismo cuando utilizan la teoría de Newton: predicen el futuro con sus cálculos racionales, con las expectativas racionales que Friedman indicó para mantener a la masa en funcionamiento programático, tan sólo para sostener un modelo económico, sin movilidad social y con concentración de la riqueza. Y este es el modo con el roban, pero no las ideas, sino las vidas. Por eso es necesario tener consciencia. 
Los medios de comunicación llegan hasta la Justicia para deslegitimar el poder redentor de la política, de la democracia, y así representar que el orden existente se encuentra bajo el manto de perversión que un gobierno con poder popular fomenta. Esta es la superestructura que desalienta a los hombres que se mueven como hormigas bajo sus pies. La justicia, dominada por la imagen de la tradición, termina por ocuparse de casos que no tienen relevancia para el orden existente, y se ocupa de voltear a todo que intente modificar la razón histórica, toda la verdad superficial de una tradición que mantiene a la masa en una eterna repetición de los sueños.  

hacia millán