El hombre lo complicó todo. Se dejó llevar por palabras que encendían lo peor de su ser. Le gustaba pasear por la noche cuando todos dormían, ser consciente de su alrededor. Por eso prefiere la oscuridad. Lleno de pelusas por los hechos del día, él solo busca caminar por las noches, fumar un cigarrillo, tomar alguna bebida que refresque su mente. Que lo haga consciente. Los nervios lo paralizan, no lo dejan pensar. No sabe si la vida le pasa por al lado o si va con él. Hechos diminutos, como la opinión de una persona, los fallos de la corte que controlan sus quehaceres, lo envuelven en malabares, en acrobacias de la vida que parecen irreales. Es por eso que se la pasa corriendo. Tal vez son sus aventuras las que lo invaden de adrenalina. Piensa que el mundo lo ataca. Tiene sus estrategias, pero no las percibe. Mejor dicho, él las ve, sabe cuáles son, el paso a dar puede generar una catástrofe que para su mundo sería la noticia del día. ¿Qué dirá la vecina? ¿La tía Clotis cuando venga a verme? ¿No tendré reconocimiento entre mis allegados? ¿Me sentiré diferente al andar por la calle? Y todo ese tipo de dudas que lo aplastan, esos pretextos que no tienen sostén, que se derrumban ante el primer alarido de fuerza. Sí, ante la fuerza.
el arma en el craneo
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